La industria de los videojuegos no nació en un garage a mediados de la década de los sesenta como dictan los cánones de los grandes hitos tecnológicos, y tampoco ocurrió en California. La epifanía que dio origen a la primera consola de videojuegos quedó escrita en una libreta de notas mientras Ralph Baer, inventor de la Magnavox Odyssey, esperaba un autobús en una terminal en Nueva York.