La promesa de la computación cuántica lleva años asociada a tareas que a los ordenadores clásicos se les atragantan, como ciertas simulaciones químicas, optimización o criptografía. El problema práctico es menos glamuroso: los QPU (quantum processing units) actuales suelen moverse entre decenas y unos pocos cientos de qubits físicos, y eso queda muy lejos de lo que exigirían aplicaciones con corrección de errores a escala industrial.
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