Guardar fotos, vídeos, correos, historiales médicos o registros públicos parece fácil hasta que se plantea la pregunta incómoda: ¿durante cuánto tiempo? Los discos duros fallan, las cintas magnéticas se degradan, los formatos cambian y los centros de datos consumen energía de forma constante para mantener todo vivo. La paradoja es clara: lo digital se percibe eterno, pero su soporte físico es frágil.
